Por Gabriel Gálvez 16, 17 y 18 de Julio 2,010
SABADO 17 DE JULIO DE 2010
“... inicia la canícula del mes de Julio...” anunciaban a media semana por la radio, y nos llenaba de alegría previendo las 10 horas que nos esperaría durante el ascenso el día sábado... pero la montaña nos deparaba una sorpresa.
Tomé la decisión de manejar a Quetzaltenango desde la costa, mis amigos venían en el bus desde la capital, pasan por mí y otro amigo alrededor de las 2 am del sábado y tomamos rumbo al departamento de San Marcos, específicamente hacia el municipio de Sibinal. Una breve parada en el camino bastó para darnos cuenta de la belleza de este departamento, una curva se prestaba como mirador hacia los dos colosos de occidente, a nuestra izquierda el volcán Tajumulco y a nuestra derecha nuestro destino, el volcán Tacaná, alzándose los dos por arriba de los 4000 msnm.
Llegamos a Sibinal 30 minutos atrasados, pero no afectaba nuestros planes... así que a preparar el equipo, saludar a uno que otro “charita” que se acercaba al grupo y tomar algo previo a la caminata (ojo, nunca empezar una jornada con el estómago vacío). Mochila al hombro y gorra en mano nos aprestábamos a orar junto con Nadya para dar inicio a nuestra aventura... de nuevo el grupo naranja llenaría los caminos hacia una cumbre del occidente guatemalteco.
Aún bostezando empezamos a caminar hacia el calvario, luego por un cantón que tiene nuevo empedrado (antes eran unos barrizales) y luego hacia el “caracol”, una suerte de camino en la montaña noroeste de Sibinal, un excelente aperitivo de lo que sería el ascenso de esta jornada. Al terminar el recorrido de el “caracol” descansamos por primera vez, aprovechamos para desayunar y algunos para darse una siesta. Un pan con frijol y un jugo de manzana bastarían para el desayuno, espero al último unos minutos más, hasta que se dan las instrucciones de continuar. Próxima parada: la tienda de Hacienditas.
El paraje conocido como hacienditas se encuentra a 8 km de la frontera con la República de México. Se llega a pie por una carretera de terracería angosta y en mal estado, un recorrido cansado para nuestros pies por el balastro. En la tienda nos abastecemos con algunas cosas: salsitas, agua gaseosa y agua pura, algunos comen chucherías en bolsa y otros contratan los servicios de unas mulas para trasladar sus mochilas por algunas horas. En otros tiempos se les exigiría a todos los participantes, pero este volcán es particularmente difícil, no solo por su diversidad en el terreno, sino por lo largo del ascenso... a eso le sumaríamos el clima, porque estando en Hacienditas, al filo del mediodía se cierra el cielo, se siente una gota, luego otra, volteamos a ver y el cielo se torna gris... se deja venir una llovizna leve pero consistente.
Cualquier persona que no conoce esta disciplina pudiera pensar que esta llovizna sería una ocasión para declinar la actividad... pero no conoce a los montañistas. Empezamos a revisar nuestras mochilas, a colocarles los protectores contra la lluvia, a guardar documentos y a buscar nuestros rompevientos o capas. Poco a poco nos alistamos para seguir caminando, esta vez ya directamente en las faldas del volcán... apenas llevamos 5 horas de camino, falta lo mejor, el plato fuerte y el postre... nos vamos buscando el siguiente lugar de reagrupamiento: La Pila Seca.
Reiniciamos la caminata, esta vez dejamos la piedra del caracol y la carretera... nos internamos en un bosque latifoliado y con poca pendiente, empezamos a bordear las faldas del volcán rumbo al suroeste para encontrar un ascenso más adecuado, frente a nosotros se presentan unos acantilados de piedra impresionantes, imposibles de pasar directamente por ellos por lo que tienen que flanquearse. En cuestión de una hora llegamos a la Pila Seca, pero no nos detenemos ahí, seguimos hasta un rancho de pajón que nos sirve de comedor para nuestro almuerzo. Las instrucciones son claras: “aprovechemos que está lloviendo y almorcemos algo”, en eso pasa el aguacero... con el Tocayo nos tiramos al piso a comer algo, un austríaco comenta que descansamos mucho... pero eso es el chiste de todo el grupo, mantener un ascenso que permita a todos lograr la cumbre en el tiempo estimado, sin arriesgar a aquellos que tienen un paso más lento y no sacrificar a aquellos que poseen mayor aptitud para la caminata en la montaña.
“Atentos que en 5 minutos salimos”.... de nuevo caminamos.... esta oportunidad empezamos un ascenso directo hasta el lugar conocido como potreros... una planicie por arriba de los 3500 msnm que sirve de pastizal para ganado vacuno, custodiado por la montaña que se levanta por dos lados y que son los domos del volcán. La lluvia cesa por momentos, pero nos acompaña en todo el viaje, y para ser honesto con poco o nada de frío, eso sí, empapados. Al iniciar me doy cuenta de que el cansancio ya está pasando factura (unido al desvelo de la noche anterior). Este ascenso lo realizo casi exclusivamente al lado de mi amigo Alejandro Estrada, con quien compartimos un paso constante en la búsqueda de nuestro nuevo lugar de reagrupamiento.
Esta vez la llegada no fue tan tranquila como las anteriores, llegué con mucho frío... la lluvia se había llevado el poco calor que había generado en la caminata de un poco más de una hora. Todos debajo de una galera de lámina, tomo una foto a los últimos del grupo y cierran la “talanquera” que funciona como puerta. Tiemblo para calmar el frío pero sigo empapado, quisiera seguir caminando, pero un descanso es más que necesario a esta altura del camino. Unos minutos más, el agua calma y seguimos... esta vez buscaríamos la siguiente galera, unos minutos más arriba, antes de iniciar la caminata final y ataque al lugar de campamento.
Pero al calmar la lluvia decidimos seguir hasta el campamento, la llovizna regresa pero con poca intensidad, el camino se siente menos inclinado y nos sirve de breve descanso antes del ataque al campamento.
Ya no nos detenemos... empezamos el último tramo del ascenso en un momento... sentimos como se empieza a inclinar el terreno, la niebla cubre parte de la montaña, no nos deja ver el cráter extinto a nuestra izquierda... avanzamos entre una maraña de senderillos que zigzaguean hacia arriba. Grava suelta, raíces y mis botas, lo único que veo. Por ratos levanto la mirada y calculo lo que falta.... media hora? Una hora? No me acuerdo. Pero conservamos con mi amigo Alejandro el paso. Atrás escucho voces, por ahí viene Karla, guía de K’ashem con otro grupo, delante nuestro otros amigos que se separan y avanzan un poco más rápido. Me resigno y digo que no hay prisa, son las 4 pm y el clima no puede empeorar más (bueno, tal vez si hubiera viento).
Pasa el tiempo y me resulta infinito el camino, no veo el borde del cráter y me desespero. Descanso para tomar aire, se me olvida cuánto me afecta la altura. Veo a mi amiga Valeska y solo nos hacemos una mueca de ánimo, falta poco. Escucho voces arriba, el tocayo animando a aquellos que se acercan al borde... La Laguna Seca está cerca, pero se siente tan tan lejos... Así que a animar al pequeño grupo en el que vamos, ya casi.
Alrededor de las 5 y 15 de la tarde, 9 horas y 45 minutos después de la oración llegamos a nuestro campamento, la lluvia no cesa y miro el campamento a unos metros, aún queda espacio para montar mi tienda de campaña. Se acercan mis amigas Valeska y Andrea, un saludo y para adentro... yo me paro y tocó una enorme y fría piedra a mi lado: “gracias por portarte bien con nosotros en la subida.... sólo acordate que falta la noche y la bajada, gracias...”
Armo campamento con mi amigo Palecio, grabo un pequeño video y me cercioro que a pesar de la lluvia todos llegan bien al lugar, el último en ingresar tardó 10 horas exactas! Un buen tiempo para tan diverso grupo. Sospecho que el lugar se inundará por secciones así que me alejo del camino para evitar el agua, se ve todo bien, los guías cubren las necesidades de asistencia para armar campamento y se aseguran que todos estén a resguardo de la lluvia. De acá en adelante cada quien se mete a su carpa y pasamos la noche con nuestros compañeros de carpa, ya que la lluvia no cesaría en toda la noche y hecharía por los suelos las intenciones de una cena comunal como nos gusta a todos. Pero estamos bien, así que a descansar y a esperar el amanecer para buscar la cumbre al otro día.
El día domingo empieza espectacular, la carpa anuncia que la llovizna no ha cesado... pero este grupo de montañistas está dispuesto a llevarse aquello que han querido: la cumbre. Por qué dije espectacular? Porque al menos yo, dormí bastante, recuperé energía y tenía muchas ganas de caminar hacia la cumbre. Sé perfectamente que una cumbre no se conquista, sino que es la montaña quien nos presta la cumbre un momento para disfrutarla. Y con eso en la mente y al grito de Edgar de “Gabrielito... ito... ito...”... respondo: “Mande usted Señor!”, nos disponemos a caminar los últimos 20 o 30 minutos que nos separan de la cumbre. Con poco frío y con una llovizna leve alcanzamos los 4093 msnm pasado ya el amanecer. Ahora el sol se ve solo como un disco blancuzco detrás de un banco enorme de nubes a la distancia.
Algunos se refugian de la llovizna que aún se siente en la cumbre, saludo a mis amigos y me encamino a una piedra, aquella donde pude tomar esas fotos hace dos años cuando visité este lugar por primera vez, me hundo por unos instantes en esos recuerdos, casi ni se siente el viento y creo escuchar tu voz a lo lejos... camino un poco más para estar precisamente ahí... ahí donde quería estar y como quería estar... me quito los guantes y la gorra, y respiro profundo... que dicha estar ahí de nuevo! La brisa cae en mi rostro y doy gracias por todo esto, por una cumbre más, por los amigos que compartieron esta aventura... vuelvo y me dirijo a la piedra fría de antes, le doy un golpecito y le recuerdo que aún falta el descenso y la respuesta fue un arcoiris, presagiando la fortuna para bajar.
Empiezan las fotos, poses y más poses... sale un momento el sol y Edgar empieza a hablar. Esta vez el protocolo sería breve, pero lo mágico del momento no se terminaría. La oración de cumbre y la foto respectiva. Luego nos unimos algunos ex expedicionarios para recordar los viajes y tomarnos una juntos una foto.
Ya es hora de marcharnos... yo no quiero irme, aún te siento ahí. Me quedo casi de último y le doy un adiós a esa piedra, tengo que volver algún día. Pero el tiempo apremia, tenemos que desmontar el campamento, desayunar y encaminarnos hasta Sibinal en tiempo récord.
El menú tan variado como siempre, huevos, salchichas, frijol, avena, leche, sopa y chile. Por allá un poco de té y tortillas con queso... tanto revoltijo nunca nos ha hecho mal. Listos a las 9 am nos encaminamos ladera abajo, intentando estar al filo del medio día de nuevo en Hacienditas. El grupo líder baja en menos de dos horas, yo hasta atrás con Edgar platicamos del colazo, de lo increíble del ascenso del día anterior, de la ausencia de frío y del exceso de lluvia. El resumen: la montaña nos trató muy bien. Y en el camino la sorpresa. Un bus esperándonos en la tienda, queríamos ahorrar tiempo pero no pensé en un bus. Solo volteo a ver y se ve la montaña envuelta en niebla, le doy las gracias en silencio por las dos jornadas, gracias.
El regreso fue sin contratiempos, la carretera con poca neblina y sin sobresaltos, llegamos a Xela y me despido, me bajo con mi amigo Juan Carlos, y deseándoles un feliz retorno a la capital a todos.
Es media semana y aún siento la emoción de la montaña... cuándo hay otro viaje?
En la montaña solo hay una ruta... HASTA LA CUMBRE!!!