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Cataratas de Santa rosalía, en la Sierra de Las Minas

Por Ruben Rivas                                                      13 y 14 de febrero 2,010

Un sábado más, tras pasar el pequeño arrepentimiento de tomar la loca decisión de madrugar en vez de descansar y huevonear…(con todo lo que se queja uno de madrugar de lunes a viernes), aunque siempre siendo más fácil levantarse pensando en volcanes, cascadas, o cualquier otra maravilla que Guatemala tiene que ofrecer; que pensando en la oficina, reuniones o lo que le toque a cada cual.

 

Y allá estábamos a las 7 pasadas de la mañana, siguiendo la lógica K’ashem de retrasos previsibles, bueno, más bien seguros. Y tras ir recuperando otra vez la consciencia y despertando poco a poco al cerebro, saludando a la gente con la que uno ya compartió aventuras y con otros tantos con los que toca estrenarse en aventura, y es que la verdad que esta vez había bastantes caras desconocidas para mí.

 

Y subimos al bus, cabezadas, risas, conversaciones, paisajes, ruta de visitas por las gasolineras de Guatemala, paradas técnicas… y llegamos hasta nuestro primer destino, un camión de ganado en que esta vez tocaba llevar a un rebaño de animalitos ansiosos de pasto, de aguas frescas, de aire limpio… tal como ovejas o vacas, pero sin ánimo de alimentarse materialmente de ello, más bien espiritualmente a través de otros sentidos que el del gusto.

 

Y empieza en si la aventura, con un paseo un tantito accidentado entre curvas, caídas libres a ambos lados del camino, con nuestras ruedas acariciando los límites de la vida y la muerte, túmulos que la sabia naturaleza hace para evitar velocidades indebidas… y de regalo una lección de conocimiento de fauna y flora guatemalteca de manos (más bien de boca, que las manos estaban ocupadas en mantener el equilibrio) de los experimentados y conocedores guías de K’ashem. Con la vista de un pequeño búho, diversos pajarillos, la vista lejana de las cascadas a disfrutar después y un paisaje presente y muy prometedor de futuro. No más una pequeña mancha que trataba de, sin conseguirlo por ahora, afear un tanto la vista, como era la cantera de extracción de mármol. La natural mano, por naturaleza tan innatural del ser humano haciendo de las suyas.

 

Y llegamos a…un área habitada, recogemos el equipo de cada cual, y empezamos el camino hacia la zona de acampada. Todavía casi frescos, día nublado y la verdad que menos caluroso de lo que yo esperaba, junto con el refrescante ambiente que alcanzamos en la subidita. Acampamos en una campa cercana al río y tras una arriesgada maniobra de cruce de río, un tanto aburrida pues nadie probó el agua más allá de sus rodillas y de forma voluntaria.

 

El campamento: pues tras las estrictas órdenes de crear un círculo para poder hacer hoguera en el medio, y viendo el resultado final, saqué dos conclusiones posibles: o bien círculo no tiene el mismo significado en todos los lugares y culturas…, o bien K’ashem está integrado por artistas del abstracto arte creacional. (También pudiera ser que todos fuéramos unos ignorante de la geometría…saaaber!) Pero con su original concepción, y con el campamento ya montado, una pequeña comida y todas las personas listas para empezar la caminada, rumbo como no a la cumbre, que esta vez se apetecía suave y sencilla.

 

Todas las personas o casi, pues había que vigilar el campamento y ahí Edgar sacrificó su ansia de subida, tomo responsabilidad de su labor…y se acordó de que lo que es subir subir, su pierna no se lo iba a permitir fácilmente (pronto será, muchá)

 

Y para allá nos fuimos un grupo de lo más variado en todos los sentidos, pues con personas desde los 6 años hasta los…ups, por educación diré no más que la edad suficiente para tener nietos. Deportistas de élite y primerizos, estudiantes, trabajadores, indefinidos, morenos, canches, altos y bajos. Todos para arriba.

 

E íbamos caminando tal cual si estuviéramos en el Taj Mahal, el Palacio Buckingham o cualquier palacio marmolesco con su princesa en la torre, pero esta vez la princesa podía pasear por una bella naturaleza decorada con pedacitos de mármol en todo lugar donde su ojos se posaran. Todo un regalo de la naturaleza a nuestros pies. Y dale para arriba, y dale para arriba. Y una vez más re-aprendí la lección de cada aventura…no hay subida fácil ni bajada que tus rodillas no vayan a recordar. Pero llegamos a lo más alto para disfrutar de una hermosa vista y convertirnos en japoneses por un momento, todos bombardeando con nuestras cámaras de fotos para tratar de llevarnos un pedacito de la sensación tan bella de llegar a la cima, sin necesidad de que ésta esté en el Kilimanjaro. Y lo bello de compartir esa experiencia con todo el grupo, cada cual a su forma y a su modo, palabras, abrazos, miradas…

 

Pero la verdad que esa cumbre no era la meta que todos teníamos en mente, y en seguida salimos a buscar las cascadas, pero esta vez si atrapados por las agujas que demasiado rápido recorren la esfera y nos hacen el día tan corto (o la espera en Tikal tan larga…, ups, siempre me dicen que soy un espíritu crítico, por decirlo bonito), y tras una gran reflexión y análisis de nuestros expertos guías, decidieron de forma consensuada y consultada ir sólo a una de las cascadas, no había tiempo para más. Y comenzamos la bajada, esta un tanto resbalosa por el terreno de piedrilla suelta… y ahí recordé la propuesta que uno de nuestros “pequeños” acompañantes hiciera a la subida: ¿Por qué no ponen acá escaleras mecánicas? Perdonemos la inocencia del autor de tal idea, pobre de la naturaleza sino y habría además que quitarle la K a K’ashem.

 

Y tras un descenso más o menos sufridos, dependiendo de a quien le preguntaras y con cuantas pruebas de suspensión traseril hayan realizado en la accidentada bajada… llegamos por fin al objetivo buscado.

 

Allí estaba ella, con su contagiosa frescura, su cálida sonrisa, su melena acariciada por el viento, esos azules desconcertantes que duelen al mirarlos pero de los cuales no puedes apartar la vista, ella…

 

Y sin pensarlo ni un segundo me desnude frente a ella, y me zambullí en sus abrazos, dolorosos y reconfortantes, breves pero intensos, tan fríos que mi piel ardía, tan húmedos…tan naturales que me olvidé de todo, de todos, de mi… y me hice uno con ella.

 

Pero como todo lo bueno es breve, tras un rápido chapuzón toco echar a correr de nuevo, esta vez en la oscuridad pero acompañado por el brillo que en nuestro alma y corazón dejo ella…, y tras otra accidentada bajada con diversas bajas, dolencias, accidentillos por supuesto siempre acompañada de conversaciones, de ir descubriendo la naturaleza y los que la pueblan, de risas y silencios, llegamos a un segundo premio que para mi era la primera vez que con K’ashem experimentaba un lujo tal: una rica cenita de caldo de gallina, calentito y sabroso…nada mejor para acabar la jornada. Una rica cena a la vera de la hoguera, cortesía de una señora que tuvo el delicioso gusto y destreza de preparar un rico caldo para el grupo. De veras que ni la más excelente cena en el más excelente restaurante con en más excelente cocinero pudiera haber superado la satisfacción que se respiraba alrededor del fuego.

 

Y como no, todo ello seguido por una larga sobremesa. Quien plática que plática, quien se fue a dormir o descansar, y hasta dos timbas surgieron en el ambiente, la verdad que ambas muy animadas y de ambas pudimos sacar una conclusión. No hay como jugar a un juego que sólo uno conoce para que las reglas varíen cada partida dependiendo de…(ya me entienden).

 

Pero yo me decidí por disfrutar la paz que se respiraba esa noche, tumbado junto a la hoguera y con una vista impresionante de las estrellas, que con ese arte que sólo ellas tienen iluminaban nuestro tejado. La verdad que uno se siente tan minúsculo y a la vez tan afortunado de poder disfrutar de ellas…. Y hasta de dormir a su lado, tan lejos y tan cerca.

 

Y ya es domingo, y como K’ashem no cree en es disfrute del sueño y el dormir, pues a eso de las 6 ya empezaron a ching…animarnos a levantar. Y tras un desayunito fugaz no encaminamos hacia otra maravillosa cascada, preguntándonos si eran fiables las voces de esos que decían que esta vez la cascada si estaba cerca y accesible…saaaber! Pero así fue, la cascada estaba bien cerca y ya con todo preparado, para que quien quisiera practicara rapel o bien…uf, garrucha? Tirolina???? Bueno, que te dejaras llevar agarrado de un palo hasta el rio resbalando en una cuerda….vamos, que explicarme lo que es explicarme, no es lo mío.

 

Pero bueno, la verdad que esto último no tuvo mucho éxito porque la gente estaba más emocionada con el rapel, que casi todos hicieron. Yo me declaro uno de los huev…que decidieron disfrutar no más de estar allá, relajarse, bañarse a ratos en la fresca agua. Y es que el lugar era también precioso, con una cascada de unos 20tantos metros, un río que dejaba las rocas del fondo como amarillentas-anaranjadas, y que resbalaba entre rocas grandes y pequeñas, que le dejaban a uno acariciarlas espalda con espalda y disfrutar del maravilloso día que nos regalo la naturaleza.

 

Y que más, pues una triste vuelta, recogida de campamento, un viaje que se hizo cuasi eterno en el camión con mil botes que ya no resultaban tan graciosos…y una prueba del cansancio. A la ida todos paraditos, energéticos… a la vuelta la gente por el suelo, haciendo malabares cual tahures retorciendo su cuello de formas insospechadas mientras hacían disque dormir… Y tras un repostaje alimenticio para disfrutar de unas ricas dobladas en un lugar de la Guate de cuyo nombre no logro acordarme…a casa, a deshacer mochila, duchita y a dormir, que mañana toca iniciar semana, eso si, renovado de energías que la naturaleza le regala a uno, con una experiencia más a la espalda, con otro tesoro recibido de la bella Guatemala, con otras tantas conversaciones y vidas encontradas…

 

No queda más que acabar con un gran abrazo de agradecimiento y cariño a todas y todos los que hicieron esto posible…los guías y personas que hacen y viven K’ashem, los aventureros y aventureras de esta y otras tretas, el piloto que nos lleva siempre a destino y nos vuelve, la cocinera o cocineras que hicieron posible esa rica cena, las futuras “turisteras” que apoyaron al grupo, la naturaleza que nos regalo sus hijas más queridas y especialmente a ella, cuyo abrazo todavía cosquillea mi piel

 

Hasta la próxima.

Un amante y amado de la Pachamama